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¿Es útil el salario mínimo?

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Difícil respuesta. Sí o, tal vez, no. Pero no se engañe, un buen salario mínimo, tiene y debe ser bajo, más bajo que los 950 euros mensuales recientemente firmados entre patronal y sindicatos o al menos no subirlo durante años. ¿Por qué? Porque el dinero es también un recurso escaso. Los empresarios españoles no son ricachones sistemáticamente egoístas dispuestos a acumular dinero a costa de crueles exigencias a sus empleados.

Los empresarios están sometidos a la cuenta de resultados a finales de año. Incluso si no tienen beneficios están obligados por contrato a pagar a sus empleados, a la Seguridad Social e, incluso, pagar impuestos de diversos tipos y cuantías.

Ni todas las empresas ni todos los sectores tienen los mismos márgenes de beneficio, ni aumentan sus beneficios al ritmo que el Gobierno decreta la subida del salario mínimo. Y no en todas las regiones hay las mismas oportunidades de negocio. Un salario mínimo alto impide tres tipos de contratación: la renovación de contratos, la contratación de nuevos empleados por parte de las empresas existentes y la contratación de empresas que no se pueden crear porque el salario mínimo es un coste excesivo.

El campo extremeño está dejando de contratar trabajadores debido a la subida del 22% del salario mínimo hasta 900 euros del año pasado. En Madrid, todavía se genera empleo porque sus empresas tienen mayores oportunidades de negocio y tienen acceso al mayor mercado del país.

En situaciones de crisis económica un salario mínimo tan alto acabará destruyendo empleo, incluso, empresas, es decir, lo que genera empleo y salarios.

El salario mínimo también debe ir en paralelo a la productividad del empleado y vamos mal en productividad.

Hay quien dice que no debería existir el salario mínimo, porque incentiva la robotización de los empleos. Y porque no existe la esclavitud. Así, es injusto obligar a un trabajador a trabajar si no quiere, al igual que es injusto que el Estado le diga a un empresario que debe pagar un salario y, menos, cuánto debe pagarle. Dicho de otra manera el salario y su cuantía dependen exclusivamente de lo que el empresario y el trabajador acuerden. No soy un fan de estas ideas anarco-capitalistas, pero malo sería despreciarlas.

Esto que voy a decir es ilegal en España, según que casos puede ser considerado explotación infantil. Una familia tiene una zapatería. Sus padres quieren que su hijo, menor de edad, aprenda lo que significa trabajar. Le dan pequeñas tareas al hijo, por ejemplo, pasar la aspiradora de mano, contar la caja, abrir el correo y clasificarlo, especialmente, las que tengan facturas, retirar mercancía de los escaparates, buscar en internet nuevos proveedores y nueva mercancía. El niño no recibe ni un euro por ello y, sin embargo, recibe lecciones de comercio útiles para su formación profesional que probablemente no aprenderá en la escuela.

Es un deber moral pagar un salario a un trabajador, sin duda. Los hombres no viven del simple conocimiento, de las experiencia vitales, de la formación laboral... Viven porque pueden ganar dinero para comer, vestirse, formar una familia, reír, rezar, tener un lugar para descansar y disponer de su propia intimidad. Es bueno desde un punto de vista económico pagar un salario a un trabajador, sin duda. Si una empresa no puede pagar a sus trabajadores tiene que plantearse cerrar o replantearse su modelo de negocio. Si una empresa no puede pagar dignamente a sus empleados tendrá problemas para mantener su experiencia y conocimientos en la empresa, incluso, su lealtad.

Es más. Las empresas que aspiran a ser líderes pagan bien a sus empleados. Pongo por caso, dos empresas donde muchos españoles, si pudieran, les gustaría trabajar: Mercadona e Inditex. Empresas donde se acumulan las peticiones de puesto de trabajo no sólo porque pagan más que el salario mínimo sino porque los empleados ahí pueden ofrecer un buen servicio y están en la vanguardia de la innovación empresarial y tecnológica en el mundo.


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Rafael David Fernández
Periodista y Economista, en búsqueda de la verdad y las fronteras de lo posible.
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