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¡Franceses, no es la pasta, son las ideas!

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Francia es un país de casi 70 millones de almas. Es un país diverso, de decenas de razas mezcladas. Ser francés a veces consiste en tener un familiar, padres o abuelos extranjeros.

Es un país de revoluciones donde el racionalismo, la religión y los derechos humanos se entrelazan con la tiranía, anticlericalismo y la demagogia. Hoy en la República, se debate no sólo qué hacer, sino qué es.

En la era de los populismos, de la crisis financiera global y de la transición hacia la robótica laboral de la mano de economía del conocimiento, la sociedad francesa ve perder lentamente referentes morales.

¿Es la economía la que va influenciar las futuras elecciones presidenciales? La respuesta es no. ¿Por qué? Porque la economía francesa puede ser calificada ahora de mediocre, pero no es mala en absoluto.

El primer dato, un paro del 10%, según el Insee (el servicio estatal francés de estadísticas). Un dato ilusionante para los españoles y aburrido para los galos. A principio de 2008, el paro rondaba el 7,3%. El paro subió al 10,5% a finales de 2014. El ex ministro socialista de Economía, Emmanuel Macron, dejó caer que la jornada legal de 35 horas semanales debe ser aumentada para generar empleo. Algo visto como un ataque a los derechos de los trabajadores.

La inflación es de un 1,1% anual, dentro de los límites deseables del 0% y el 2%. Además la capacidad adquisitiva o poder de compra de los franceses (que depende de la variación de los salarios y de la inflación) aumenta lentamente.

Francia lleva tres años de crecimientos trimestrales de su economía inferiores al 0,7% y con crecimientos anuales inferiores al 1,3%. Ni dramático, ni apasionante. Y desde 2010 el volumen de ventas de la industria francesa ha aumentado un 9,8% y la producción del sector de servicios un 20%. Ni malo, ni bueno, en todo caso, un crecimiento parsimonioso.

El clima de los negocios ha mejorado en los últimos cuatro años, según las opiniones de jefes de empresas recogidas por el Insee. Pero el electorado francés está compuesto principalmente por obreros y no por los patronos. Escuchan las promesas de Marine Le Pen de recuperación de la producción de coches en suelo francés, un modelo atractivo, pero en la práctica atrasado.

Los salarios altos de los franceses incentivan la automatización de la producción y no la generación de empleo.

Estas elecciones presidenciales serán, lo que casi siempre han sido, una operación de seducción. Pocos podrán criticar la política económica y la protección contra el terrorismo tendrá un fuerte peso. La economía no aporta drama, serán las ideas en torno a la inmigración, al terrorismo y la ruptura de la Unión Europea las que lo aporten y movilicen al electorado. ¡Así de triste!


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Rafael David Fernández
Periodista y Economista, en búsqueda de la verdad y las fronteras de lo posible.

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