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El CIS y la nueva "normalidad"

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Hace unos días se publicaba el avance de resultados del último barómetro del CIS y mientras la mayoría de analistas ponían el foco en la supuesta subida del PSOE de la Gestora y de C´s y en el consecuente retroceso de PP y Unidos Podemos, poca atención se ha dispensado a respuestas sin las cuales tal vez no se terminen de entender los cambios en las tendencias electorales apuntadas. Me refiero a la percepción ciudadana de la situación económica general del país y, vinculado a lo anterior, a cuáles son las principales preocupaciones de los españoles.


Fuente: Elaboración propia a partir de los datos del CIS

En este sentido, resulta llamativo el descenso acumulado de la valoración negativa que sobre el momento económico arrojan los encuestados, de tal modo que entre enero de 2013, en lo más agudo de la crisis, hasta la primera semana de abril de 2017, momento en el que se hicieron las entrevistas para el último barómetro, se haya reducido en más de 35 puntos el número de quienes consideran que la situación económica es mala o muy mala. En paralelo a lo anterior, aunque de manera menos pronunciada, se ha reducido de manera significativas el número de españoles que consideran que el paro constituye uno de los tres principales problemas de nuestro país, hasta situarse en el 69,6% actual (si bien no llegan a la mitad quienes lo señalan como el más acuciante).

Curiosamente, solo unos días antes de conocerse estos datos, se publicaba la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, cuyas conclusiones no invitaban precisamente al optimismo. Según el INE, el 22,3% de los hogares españoles, más de 4,1 millones, viven (sobreviven, más bien) por debajo del umbral de la pobreza, suponiendo más de un tercio los que carecen de capacidad para afrontar gastos imprevistos de más de 650 euros y elevándose a más de medio millón las familias que no pueden permitirse comer carne, pollo o pescado cada dos días. Estos alarmantes datos hay que enmarcarlos en un contexto de supuesta recuperación económica y de aumento del PIB, produciéndose la sangrante paradoja de que el porcentaje de familias en riesgo de exclusión comenzó a crecer en 2014, justo cuando los grandes indicadores macroeconómicos empezaban a arrojar cifras positivas.

A la vista de estos datos, ¿cómo se puede justificar si no el optimismo al menos la benevolencia respecto a la situación general de la que dábamos cuenta al inicio? Una primera explicación nos podría invitar a pensar que está funcionando un mecanismo de acomodación de las expectativas a las propias posibilidades que la realidad nos brinda por buena parte de quienes más castigados han resultado por la crisis económica. La alta tasa de paro, la precarización salarial, la inestabilidad y estacionalidad del empleo, la falta de oportunidades, en suma, vendrían a ser algo así como la nueva normalidad, tal vez incluso el justo precio a pagar por el desenfreno de aquellos años (la década prodigiosa de 1997-2007) en los que vivimos peligrosamente. Esto explicaría, sumado lógicamente al factor miedo y a otros aspectos de índole sociocultural mucho más amplios y profundos (pues no es un fenómeno exclusivo de la realidad española), el que 2016 se haya cerrado como aquel en que el número de días no trabajados por huelga haya caído a su nivel más bajo en la serie histórica elaborada por el Ministerio de Empleo. Un tampoco-estamos-tan-mal, en definitiva, que convenientemente acompañado de una adecuada resonancia mediática por la promesa de que, a menos que abandonemos la “senda” tomada, hoy estamos todavía peor que mañana, habría de este modo contribuido a generar un nuevo clima de opinión entre la ciudadanía.

Así las cosas, diera la sensación de para buena parte de la población el momento de excepcionalidad económica y política ha quedado atrás, de que tras el 15-M, los intensos ciclos de movilizaciones de 2012-13 y la fulgurante irrupción de Podemos hasta su entrada en las instituciones, la propia ciudadanía, exhausta, hubiese decidido darse a sí misma un descanso aunque el colchón sobre el que se recuesta tenga los muelles salidos. El retorno de la desafección política del que dan cuenta los últimos barómetros del CIS no haría más que avalar esta tesis. En este nuevo escenario, por lo tanto, las llamadas fuerzas del cambio harían bien en tomar nota de cuáles son las nuevas circunstancias si no quieren correr el riesgo de perderle el pulso a lo que respira la calle, descolgando vagones en cada nuevo acelerón, y terminando por resultar en última instancia funcionales al sistema. No hablamos ya del riesgo de que actores como Unidos Podemos, que tantas esperanzas generaron, dejen de ser percibidos como herramientas capaces de revertir las políticas neoliberales hegemónicas, sino tan siquiera de aparecer como una alternativa en el corto y medio plazo a un Partido Popular que prácticamente ha amortizado la corrupción galopante que lo corroe y que a día de hoy sigue siendo considerado para uno de cada tres españoles como el principal garante de un cierto orden. Caduco y profundamente irresponsable, clientelista y precario, pero orden al fin y al cabo.


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José María Matás

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