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Economía para ricos

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Algunos economistas se comen la cabeza por generar riqueza y otros se preguntan cómo redistribuirla. Hay quien ve estos dos objetivos como incompatibles, cuando en realidad son más compatibles de lo que parece. Tal vez el problema está en que muchas veces se piensa que la tarea de generar riqueza es exclusiva de los empresarios y la de redistribuir es papel del Estado. La realidad económica es más compleja y sorprendente de lo que aparenta a primera vista.

Hay varios modelos planteados. Uno de ellos es el puramente 'anarcocapitalista' sin control estatal alguno, sin salario mínimo, sin aranceles ni barreras comerciales, sin requisitos mínimos para montar un negocio o una empresa, sin impuestos, sin burocracia administrativa, sin controles sanitarios ni medioambientales, sin legislación laboral, sin leyes anti-monopolio, sin jueces, sin policía, sin Gobierno... ¿Qué podría salir mal? Puede que por un rato tuviese algún éxito en algún país subdesarrollado – por ejemplo, Somalia – porque todo el mundo podría montar un negocio y la gente sin duda sería muy creativa. Pero ya te digo yo que tarde o temprano acabaría por aplicarse la implacable y despiadada ley del más fuerte por lo que conviene cambiar al siguiente sistema.

El modelo de los Estados modernos es algo así como la economía de Trump (EE.UU.) y Bolsonaro (Brasil)... Pocos impuestos y menos subvenciones, bajo salario mínimo o nulo, potente sistema policial y judicial, inversiones en infraestructuras o en el Ejército, facilidad para poner un negocio o montar una empresa, con regulaciones cada vez más simples, con una política comercial internacional abierta y que abre mercados en el exterior, con una deuda pública que crece lo mismo que la economía, con un sistema público-privado sanitario y lleno de organizaciones benéficas... Es un estresante sistema enfocado al crecimiento que puede dar mucha alegrías y que potencia y valora la creatividad.

También está el sistema de control total de la economía por el Estado. Suele fracasar porque el Estado elimina los incentivos de la economía y aplasta la creatividad. Ya lo probaron en la Unión Soviética y se saldó con muchos muertos, con un espectacular y corto crecimiento económico que se basaba en esclavizar a la gente y matar a cualquier sospechoso de disidencia. Todo ello al mismo tiempo que se les decía que los estaban liberando y protegiendo de la 'tiranía burguesa'.

En España, somos diferentes. El Gobierno actual ha decidido incordiar a la sociedad y lentamente quitarle su libertad de iniciativa empresarial, especialmente a los más pobres. El Ejecutivo no parece entender (o tal vez sí) que las personas con mentalidad empresarial no son necesariamente ricos, ni nacen siempre ricos y en algunos casos ni siquiera tienen interés en lucrarse ni deseo de presumir. Mucha gente tiene una vocación empresarial porque son menos temerosos al riesgo, más creativos en sus relaciones sociales y una enorme capacidad y creatividad para trabajar independientemente y sin supervisión.

Así que el Gobierno ha decidido subir en menos de un año cerca del 25% el salario mínimo poniendo a España en el octavo salario mínimo de la Unión Europea, pero con el 12º puesto de PIB per cápita de la Unión Europea. Por lo que se les está pidiendo a los empresarios un esfuerzo que no se corresponde con la productividad de nuestra nación. A esto le sumamos el endurecimiento de nuestras leyes laborales en favor de algunos empleados que se dan de baja continuadamente y en contra del interés de los empresarios y del resto de los empleados. Y además el Ejecutivo ya ha demostrado su intención de subir y crear nuevos impuestos, incluso si eso complica la guerra comercial con EE.UU. Estos impuestos con seguridad terminarán por ser pagados por los pobres consumidores. Pues eso significa que habrá que ser más valiente o tener más dinero para montar una empresa que el día que el Partido Popular dejó de gobernar.

Aunque parezca mentira esto es legislar en favor de los ricos que sí pueden permitirse el lujo de fracasar en sus aventuras empresariales y les da un mayor poder para controlar el mercado y para imponer salarios bajos, exactamente los que la ley impone. Y si todo va mal y no quieren jugársela pueden presionar al Gobierno (el ministro de Consumo, Garzón, ya sabe cómo funciona el 'juego') para hacer las reglas a su conveniencia o, incluso, pueden huir del país. Además los grandes empresarios pueden hacer esto lentamente sin que se note enmascarándolo con una bajada de la producción. Y cuando un trabajador que tiene muchos estudios y poca experiencia quiere ser contratado, se sube por las paredes o se frustra porque en la entrevista de trabajo no da la talla y no le llaman. Algunos no se molestan en frustrarse ni encuentran historias alentadoras que les inspiren, simplemente se rinden y salen del mercado laboral o se convierten en 'ninis' (personas que ni trabajan ni estudian). Esto refuerza esa asquerosa y tentadora historia llena de odio, llamada la lucha de clases. Y si seguimos así en el campo veremos agricultores que no podrán contratar a nadie en sus tierras y se verán obligados a vender sus propiedades a grandes empresas. Y esos empresarios impondrán precios más altos. Y así se echará la culpa a los “grandes terratenientes” – habrá más y más fuertes – y a los supermercados que tarde o temprano se verán forzados a subir los precios de los alimentos que tú comes. Puede que a alguien se le ocurra subvencionar a los trabajadores damnificados o incluso a los productores, pero ese dinero se sacará de más impuestos que pagarán las clases medias.

¿Y ahora qué hacemos? Bajar el salario mínimo ahora es políticamente muy difícil pero es posible bajar impuestos y parar el endurecimiento de las leyes laborales también. De hacerlo así todavía podrá aumentar la recaudación total de impuestos – ¡qué paradoja! –, evitar el aumento del paro y salvar a las clases medias de la miseria y de los odios revolucionarios anti-democráticos.


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Rafael David Fernández
Periodista y Economista, en búsqueda de la verdad y las fronteras de lo posible.
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